BETTY MISSIEGO «No quiero salir a llorar a un escenario, sino a cantar»

Es la primera vez que habla con un periodista desde que su hijo Fernando muriera en un accidente de tráfico, y yo le agradezco la atención, la confianza, como le agradezco su voz y su sempiterna elegancia. Ella no se ve muy agraciada («sin pintura soy poco; sólo puedo presumir de ojos»); yo siempre la vi como una mujer de Modigliani, con el pelo negro bien terso hasta el moño, el cuello largo, fino, y la boca peruana desgranando boleros inmortales, dulce mentiras. Me dice que aún coquetea con su marido, Fernando Moreno. «Cuando una mujer deja de coquetear con su marido, malo».

–Pocos saben que empezó como bailarina…
–Sí, y lo tuve que dejar por una lesión en el sacro.

–Usted siempre tan religiosa… (le digo para arrancarle una sonrisa).
–La verdad es que no soy muy practicante, pero me gusta entrar en la iglesia cuando está vacía y conversar con Él. Tengo la carrera de profesora de ballet clásico y di clases durante un tiempo, hasta que vi que mi voz se resentía por los gritos que tenía que dar. Se grita mucho de profesora.

–Quizá le hubiera gustado más triunfar como bailarina…
–Sí, me hubiera gustado más ser bailarina que cantante. El baile clásico es la expresión perfecta del arte: te ofreces con todo el cuerpo y el alma.
Nunca le llamó la atención el cine, ni el teatro. No sabe recitar. Cuando llegó a España en el 68, procedente de Lima, ya venía divorciada y con hijos, y su primera impresión fue que aquí la mujer estaba demasiado atada. «Me pasaba todo el día estirándome la minifalda por las miradas de los hombres…y de las señoras; creían que, como divorciada, andaba a la caza». Se sintió bien desde el principio y empezó a trabajar enseguida. Primero, en el restaurante argentino,Tranquilino: «Casi no me pagaban, pero me ofrecían todo el churrasco que quisiera; yo me ofendí, yo no trabajo por la comida, les dije; pero allí estuve un rato, con Carlos Acuña, que me hacía gestos para que terminara de cantar y no le robara protagonismo». Después vino Florida Park, el éxito, y un programa en TVE que le ofreció Óscar Banegas: «Con acento».

–Y en el 72, la nacionalidad española, compatible con la peruana…
–Siempre he vivido con el corazón dividido, con un pie aquí y otro allá. Ese año traje a mis hijos, a mi madre y a la empleada. Nunca he tenido problemas de dinero, pero no me gusta el lujo. No soy de lujos.

–Y en 1979, va a Eurovisión con «Su canción».
–Y quedamos en segundo lugar. Yo siempre digo quedamos porque éramos dos: España y yo.

–Iba ganando y, al final, España le dio diez puntos a Israel y ganaron los israelíes por esos votos. Increíble.
–Así fue. No sé lo que pasó. Yo no dije nada, no saqué los pies del tiesto, y eso me valió el respeto de todos. No hubiera aceptado que cambiaran su voto (creo que además no se podía) para favorecerme. Soy muy legal.

–Recuerdo su actuación en el Olympia de París la noche que debutó Julio Iglesias. Fue su telonera.
–Sí, y me quitó canciones, me redujo la actuación, quizá porque me aplaudían mucho. Las cosas de las estrellas, ya sabe.
No se cambiaría por Julio: «No soy tan ambiciosa; yo me conformo con ser una abuela rodeada de nietos echada en una mecedora con una pamela y un poncho blanco». Como en este país no eres nadie hasta que los humoristas te imitan, Martes y 13 hicieron de ella una parodia inolvidable. A Betty le encantó: «La parodia denota que tienes personalidad». Se unió a Mochi, Elsa Baeza y Alfonso Pahino en el espectáculo «Estrellas de siempre», que era un homenaje a Cecilia y Nino Bravo. «Yo cantaba un tema de Cecilia que me fascina: “Un ramito de violetas”, pura emoción».

–Hay quien dice que los años 70 fueron los mejores del pop…
–Los mejores y también diferentes. Ahora no hay música, sólo ruidos. Y no sé si se ha fijado, pero todas cantan igual, tienen el mismo timbre de voz. Hasta a Rosa López le han cambiado el timbre. No sé qué pasa.

–¿Qué tiempo le gusta recordar?
–Cuando bailaba: me veo con el tutú largo bailando «Gisele».
Cuenta que envejece bien, sin disgustos, «porque creo que la edad te vuelve más comprensiva; no hay que hacerle caso a los años, hay que dejar que se vayan solos». Iba a presentar su último disco, «Ahora», aquí y en Lima, pero de momento no puede, «quizá lo haga en septiembre, cuando encuentre la voz que ahora no me sale; me dan ganas de llorar cuando canto, y no quiero salir al escenario a llorar, sino a cantar». Sigue fumando como un carretero (así lo dice) y se toma un whisky de vez en cuando. La canción que más escucha es «A mi manera». Así ha vivido, así vive.

Entrevista publicada en LA RAZÓN.es/ Foto: Jesús G. Feria

 

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